Cuaderno de casi viajes: Lesbos

CUADERNO DE CASI VIAJES: LESBOS

Me encanta cuando mi padre vuelve de un viaje y me trae algún regalito y me cuenta todo lo que ha visto, sentido y aprendido. Después yo lo escribo como me da la gana con total objetividad en un cuaderno de viajes que no he hecho pero que, de alguna forma, poco a poco me van haciendo a mí. Papá dice que cuando sea más mayor podré acompañarlo de vez en cuando, siempre que el documental que vayan a rodar no implique ningún peligro, claro. Sería fantástico poder ver, sentir y aprender directamente, sin que nada pase por su filtro, que por muy molón que sea mi padre, tiene una edad… somos muy diferentes.

Acaba de regresar de Turquía. Está agotado porque lleva días durmiendo muy poco y para colmo en el avión tampoco ha podido descansar. Esta vez no hay ningún regalo vaya rollo, yo esperaba algo bonito pero no me importa, el mejor regalo es que ya esté en casa. Durante la cena lo acribillo a preguntas, estoy ansiosa por saberlo todo…
Mientras voy pasando las fotos en su cámara digital, me cuenta cómo a consecuencia de la guerra, miles de personas han tenido que abandonarlo todo en un intento desesperado por llegar a lugares donde sentirse seguras. Son hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y muchos niños y bebés. Familias enteras que huyen hacia lo desconocido dejando atrás lo que hubiese sido una muerte segura. No han tenido muchas alternativas, de hecho no han tenido ninguna alternativa.

Llegan hasta las costas turcas después de cientos de kilómetros recorridos a pie o como van pudiendo. El equipaje, lo más ligero posible. No imagino tener que salir de mi casa aprisa, con la casi certeza de no volver y que mis padres me digan que meta en una mochila solo lo imprescindible… ni loca, hay un montón de cosas sin las que yo no podría vivir supongo que después de negarme rotundamente, después de llorar, de gritar de rabia e impotencia y de morirme de miedo, lo que metería finalmente en la mochila sería mi vida y la de mi familia. No creo que quepa ni importe mucho más, y me iría así… para no quedarme con menos.
Una vez en Turquía, papá dice que la frontera terrestre con Europa está vergonzosamente cerrada, así que la única opción que les queda para tener una mínima oportunidad de futuro, pasa por los algo más de diez kilómetros que separan el punto más cercano de la costa turca de la isla griega de Lesbos. Aunque es una travesía ilegal no debería ser peligrosa. Es poca distancia en un mar que normalmente está en calma, además todos llevan chalecos salvavidas. De hecho en estos pueblos de la costa turca, se ha puesto de moda el negocio de los chalecos salvavidas.

En todas las tiendecillas los venden, por la calle los venden, en cualquier sitio los hay. El problema aparte de lo oportunista del tema es que no saben ponérselos bien. Entre planos y secuencias, mi padre y sus colegas, les enseñan cómo hacerlo para que no se les suba si caen al agua. También les explican ¿desde cuándo mi padre habla árabe?, especialmente a las mujeres, que no es conveniente vestir ropas tan largas ni con tantas telas ya que no les permitirán nadar llegado el caso. A los que pesan demasiado para que los chalecos salvavidas puedan mantenerlos a flote, les aconsejan que lleven también flotadores grandes a los que agarrarse.

Sigo pasando fotos… un grupo de niñas, son tres hermanas. Papá dice que una de ellas, la que está delante, le recuerda mucho a mí porque es un loro porque habla tanto como yo. Aprovecha cualquier rato para hacer sus deberes en eso no se parece tanto y siempre está preguntando cosas, lo que sea. Le encanta hablar. La principal preocupación de su padre es a qué país dirigirse para que sus tres hijas puedan tener una buena educación. Qué mono, este niño es idéntico a mi vecinito…aunque tiene los ojos tristes.

No todos pueden embarcarse rumbo a Europa. Algunos simplemente no quieren. Pero muchos de los que se quedan en Turquía lo hacen porque ya no les queda dinero o porque les han robado todo, algo que ocurre con demasiada frecuencia. Papá me cuenta que ese es el caso de estas dos familias. La niña de los ojos verdes, su hermano y sus padres, viven y duermen desde hace meses en un parque público de Estambul, no tienen para más ni saben hasta cuándo. A la otra familia les robaron al llegar a Turquía. Ahora se alojan en un pequeño piso cuyo alquiler paga la solidaridad de un grupo de vecinos de la zona.

Mientras, en las playas, tras esperar turno durante días, llega la temida y ansiada travesía. 1.500 € por billete es el precio que pagan a los traficantes de personas que controlan este negocio duele hasta escribirlo. Suben unos 40 pasajeros a cada embarcación neumática aunque la capacidad máxima sea de 25. Estas balsas llevan motores de muy poca potencia y de menos fiabilidad. Los traficantes utilizan las más baratas que encuentran evidentemente ellos no se montan ya que después del viaje se quedan abandonadas en Lesbos y por tanto no las recuperan.

Una vez en el agua, el sobrepeso, un motor que se avería o cualquier otra eventualidad determinan un final que podría haberse evitado.
Durante los días que mi padre estuvo allí dos embarcaciones se hundieron llevándose con ellas la vida, los sueños y quién sabe cuántas cosas más de muchas personas. Familias a las que mi padre grabó y fotografió. Grupos que le insistían para que comiera con ellos ofreciéndole lo poco que tenían. Personas con las que compartió breves pero intensos momentos. Personas que ya no están.

Aún así, cada día llegan a Lesbos entre veinte y treinta embarcaciones neumáticas. Todos sus pasajeros bajan con el convencimiento de que a partir de ahora las cosas les irán mejor porque ya están en Europa. Esta sensación se intensifica con el multitudinario recibimiento. Cuando una barca alcanza la isla casi se pueden contar más voluntarios ofreciendo botellas de agua y mantas que personas llegando en busca de refugio.

Después de recibir mucha agua y muchas mantas, hay que dirigirse al primer campamento donde refugiarse, donde permanecer. Los voluntarios se quedan ayudando a los que no paran de llegar y de nuevo, casi sin apoyo, toca recorrer a pie una larga distancia. Así que cansados, cargados y esperanzados, siguen su camino sin saber, que lo más duro, aún está por llegar.

2 Respuestas

  1. Me ha encantado la crónica que habéis escrito sobre esta situación tan desesperante para estos miles de refugiados.

    • Enriqueta

      Muchas gracias Alberto! Por suerte o por desgracia hemos estado con ellos allí y hemos sido testigos de su desesperada situación. Este es nuestro granito de arena para que tomemos conciencia de lo que ocurre más allá de nuestro patio. Besos!!

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